Anaís Verenguer

Los Órdenes del Amor de Bert Hellinger

Los órdenes del amor de Bert Hellinger

Los ordenes del amor de Hellinger: pertenencia, orden y jerarquía

Cuando hablamos de constelaciones familiares, hay una idea fundamental que hay que comprender: dentro de un sistema familiar existen determinados órdenes que, según establece Bert Hellinger, favorecen que las relaciones puedan desarrollarse de una manera más equilibrada.

Hellinger denominó a estos principios los Órdenes del Amor.

No hablamos de normas que alguien tenga que cumplir conscientemente, sino de una serie de dinámicas que, desde este enfoque, operan de manera inconsciente dentro de los sistemas familiares.

Cuando estos órdenes se alteran, pueden aparecer conflictos, dificultades en las relaciones, sentimientos que parecen no corresponder con nuestra propia historia o patrones que se repiten de generación en generación.

Los tres principios fundamentales son:

  1. El derecho a la pertenencia.
  2. El orden de llegada o jerarquía.
  3. El equilibrio entre dar y recibir.

Vamos a ver qué significa cada uno.

1. El derecho a la pertenencia

El primer orden establece que cada miembro de un sistema familiar tiene derecho a pertenecer a él.

Esto incluye no solamente a las personas que conocemos y forman parte de nuestra historia familiar, sino también a aquellas cuya existencia quizá nunca nos contaron.

Puede tratarse de personas fallecidas prematuramente, bebés que murieron, familiares excluidos, personas que fueron rechazadas, parejas de matrimonios anteriores, progenitores desconocidos o miembros de la familia de los que se decidió no hablar.

Desde la perspectiva sistémica de Hellinger, cuando alguien es excluido del sistema, esa exclusión no significa necesariamente que desaparezca su influencia.

La información relacionada con esa persona permanece en la historia familiar y, según este enfoque, alguien de una generación posterior podría cargar inconscientemente con esa información y manifestarla en su vida.

Por ejemplo, puede ocurrir que en una familia haya existido una persona de la que nunca se habla porque fue considerada una vergüenza, una pareja que fue injustamente olvidada o un hijo que murió y cuya muerte se ocultó por el sufrimiento que provocaba.

La cuestión no sería juzgar a quienes tomaron esas decisiones, sino reconocer que esa persona formó parte del sistema y darle un lugar en la historia familiar.

Pertenecer no significa aprobar lo que alguien hizo. Significa reconocer:

“Formaste parte de esta familia. Tu historia existió. Tienes un lugar en la familia.”

Para Hellinger, devolver la pertenencia a quien fue excluido puede permitir que las generaciones posteriores dejen de cargar inconscientemente con aquello que no les corresponde.

2. El orden de llegada

El segundo orden está relacionado con la jerarquía o precedencia.

En los sistemas familiares, cada persona ocupa un lugar determinado por el momento en el que llegó.

Los que llegaron antes tienen precedencia sobre quienes llegaron después. Por ejemplo, los padres llegan antes que los hijos. El primer hijo llega antes que el segundo. Y el segundo antes que el tercero.

Puede parecer algo evidente, pero en el plano emocional este orden puede alterarse de muchas maneras.

Un hijo puede asumir responsabilidades que corresponden a sus padres. Puede intentar cuidar emocionalmente a uno de ellos, convertirse en su apoyo o sentir que tiene que salvarlo.

También puede suceder que un hijo se coloque emocionalmente por encima de sus padres, los juzgue constantemente o sienta que debe hacerse cargo de su vida.

El desequilibrio aparece cuando un hijo ocupa un lugar que no le corresponde dentro del sistema.

Una frase que resume esta idea podría ser:

“Tú eres mi madre y yo soy tu hija. Tú llegaste antes que yo. Hoy ocupo el lugar que me corresponde en la familia.”

Esto no significa aceptar cualquier comportamiento ni renunciar a nuestros límites. Significa reconocer el orden de llegada y dejar de intentar ocupar un lugar que no nos corresponde.

El objetivo no es vivir mirando hacia atrás.

Es poder reconocer lo que existió para poder ocupar plenamente nuestro propio lugar en el presente.

3. El equilibrio entre dar y recibir

El tercer orden está relacionado con el equilibrio entre dar y recibir.

En las relaciones entre adultos, especialmente en las relaciones de pareja, existe una necesidad de reciprocidad.

Cuando una persona da constantemente y la otra únicamente recibe, puede aparecer un desequilibrio que, con el tiempo, afecta al vínculo.

Esto no significa que todas las relaciones tengan que funcionar como una contabilidad exacta de “yo hice esto y tú tienes que devolverme aquello”.

Se trata de algo más profundo: sentir que existe un intercambio suficientemente equilibrado.

Cuando recibimos algo que valoramos de otra persona, surge de manera natural el deseo de devolver algo. Por eso, en una relación de pareja sana no se trata únicamente de cuánto das tú o cuánto da la otra persona, sino de que exista una circulación entre ambas.

Sin embargo, este principio funciona de una manera diferente en la relación entre padres e hijos.

Los padres dan la vida y, en este sentido, los hijos reciben algo que no pueden devolver de la misma manera. Un hijo nunca puede devolver a sus padres la vida que recibió.

Por eso, desde la mirada de Hellinger, el movimiento natural sería recibir de los padres y llevar la vida hacia adelante. Es decir, tomar lo recibido y transmitirlo a las generaciones siguientes.

No se trata de devolverles a los padres lo que nos dieron, sino de utilizar aquello que recibimos para continuar nuestro propio camino.

¿Qué ocurre cuando estos órdenes se alteran?

En las constelaciones familiares, cuando alguno de estos órdenes se encuentra alterado pueden aparecer dinámicas inconscientes dentro del sistema.

Por ejemplo:

  • Alguien puede sentirse excluido o no reconocido dentro de su propia familia.
  • Una persona puede ocupar responsabilidades que corresponden a sus padres.
  • Un hijo puede cargar con emociones o destinos que siente que no le pertenecen.
  • Una persona puede repetir determinadas situaciones familiares sin comprender por qué.
  • Puede haber problemas en las relaciones de pareja.
  • Pueden aparecer conflictos relacionados con pérdidas, separaciones o acontecimientos familiares que quedaron sin integrar.
  • Pueden generarse problemas económicos.

En ocasiones, la persona sabe perfectamente lo que está viviendo, pero no entiende por qué continúa repitiéndolo. Y es precisamente ahí donde el trabajo transgeneracional se vuelve necesario.

Los Órdenes del Amor no buscan culpables

Hay algo especialmente importante cuando hablamos de estas dinámicas: no se trata de buscar culpables dentro de la familia.

Nuestros padres, abuelos y antepasados también fueron personas condicionadas por su propia historia, sus circunstancias, sus creencias y sus recursos.

Comprender una dinámica familiar no significa justificarla. Significa poder observarla desde un lugar diferente.

Cuando dejamos de mirar únicamente desde el juicio, podemos empezar a preguntarnos:

  • ¿Qué ocurrió realmente en este sistema?
  • ¿Quién quedó excluido?
  • ¿Qué lugar está ocupando cada persona?
  • ¿Qué estoy cargando que quizá no me corresponde?
  • ¿Qué necesito devolver simbólicamente para poder ocupar mi propio lugar?
  • ¿Cuál fue el sufrimiento que no pudo ser expresado?

Estas preguntas pueden abrir una puerta hacia una comprensión más profunda de determinados patrones.

Los órdenes del amor

Cómo integro las constelaciones familiares en mi terapia

Hasta aquí hemos hablado de los Órdenes del Amor planteados por Bert Hellinger y de la mirada sistémica sobre las dinámicas familiares.

Pero hay algo que quiero aclarar porque mi manera de integrar las constelaciones familiares en consulta es diferente de la forma más conocida de realizar una constelación.

No trabajo con un grupo de representantes que interpreten a los miembros de la familia. Tampoco utilizo muñecos para representar físicamente a cada integrante del sistema.

Cuando considero necesario acceder al ámbito transgeneracional, trabajo directamente con la persona que tengo delante y la acompaño en un proceso de conexión con lo que, dentro de mi enfoque terapéutico, entendemos como memoria emocional de sus antepasados.

El objetivo no es representar a la familia desde fuera, sino acceder a la experiencia emocional desde dentro.

En ese proceso podemos explorar qué ocurrió, qué lugar ocupaba cada persona, si alguno de los Órdenes del Amor necesita ser recolocado y qué información emocional parece estar influyendo actualmente en la vida de la persona.

Quiero diferenciar dos elementos que conviene diferenciar:

  • Por un lado, están los principios sistémicos desarrollados por Hellinger, entre ellos los Órdenes del Amor.
  • Por otro, está mi manera de trabajar terapéuticamente con esta información, integrada dentro de mi propio método y de las diferentes herramientas que utilizo para generar cambios a nivel inconsciente.

Cuando el antepasado no pudo expresar lo que vivió

Hay otra parte de este trabajo que para mí resulta especialmente importante.

A veces, lo que encontramos en el ámbito transgeneracional no es únicamente una situación que necesita ser reconocida o un orden que necesita ser recolocado.

Puede existir también un sufrimiento que nunca pudo ser expresado. Una pérdida insoportable. Una muerte de la que nunca se volvió a hablar. Una separación traumática. Un acontecimiento que tuvo que ser silenciado para poder continuar viviendo. Una emoción que no pudo expresarse porque las circunstancias no lo permitieron.

Cuando una experiencia resulta emocionalmente insoportable, puede quedar sin palabras, sin espacio para ser expresada y sin posibilidad de ser integrada.

En mi trabajo, cuando accedemos a esta memoria emocional, buscamos precisamente dar un espacio a aquello que quedó sin expresar.

La persona puede conectar con la experiencia emocional de ese antepasado y poner en palabras aquello que en su momento no pudo ser dicho, sentido o expresado.

No se trata de cambiar lo que ocurrió en el pasado. Tampoco de modificar la historia del antepasado. Ni mucho menos de sanar a los antepasados.

Se trata de permitir que el verdadero sufrimiento que quedó atrapado emocionalmente pueda ser reconocido y expresado dentro del proceso terapéutico.

Y, al mismo tiempo, podemos trabajar para diferenciar la experiencia del antepasado de la experiencia de la persona que está viviendo hoy.

Porque una cosa es reconocer: “Esto ocurrió en mi familia.” Y otra muy diferente es seguir viviendo con ese sufrimiento que, aunque no le pertenece, condiciona la vida del descendiente .

Recolocar el sistema y transformar la información inconsciente

Una vez que aquello que estaba oculto puede hacerse consciente, podemos trabajar sobre el lugar que cada miembro ocupa dentro del sistema.

Cuando es necesario, trabajamos para recolocar los Órdenes del Amor y devolver a cada persona su lugar.

Pero el objetivo final no es simplemente comprender la historia familiar. Lo que buscamos es que esa comprensión pueda producir un cambio en la información inconsciente de la persona.

Porque saber intelectualmente que algo ocurrió en nuestra familia no significa necesariamente que hayamos dejado de cargar emocionalmente con ello.

Por eso, en mi forma de trabajar, el proceso va más allá de conocer la historia. Buscamos que aquello que estaba operando de manera inconsciente pueda ser reconocido, expresado, recolocado y transformado.

Para saber más sobre como puedo ayudarte, te invito a descubrir el Método Kíbar que te ayudará a llegar al origen emocional de tu situación y acompañarte en un proceso de cambio profundo y liberador.

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